Marketing para emprendedores

Sé rápido, sé audaz… Técnicas para triunfar en los negocios con el 'Speed Marketing'

CHE GUEVARA: LOS ERRORES DE UN JOVEN EMPRENDEDOR

Posted by Fernando Montero en 30 marzo, 2010

(Extracto del capítulo ‘Las cucarachas del Ché Guevara’, del libro KAMASUTRA EN LA EMPRESA)

Muy poca gente sabe es que el joven Ernesto Guevara, quien años más tarde se convirtió en el famoso guerrillero revolucionario Che Guevara, tuvo una etapa de joven emprendedor. Fue en sus años mozos. En aquella época, intentó poner en marcha varios negocios. Todos le salieron mal. Es chocante ver cómo una persona que pasó a la historia por ser un fervoroso defensor del comunismo y declarado enemigo de la empresa privada estuvo a punto, de haberle salido bien sus proyectos, de convertirse en un acomodado burgués capitalista. ¿Hubiera cambiado su visión del mundo de haber triunfado en el mercado sus iniciativas empresariales? ¡Quién sabe! ¡Hasta podía haber pasado a la historia por el famoso y próspero hombre de negocio Ernesto Guevara! Pero esto nunca lo sabremos. Y todo… ¡por no haber hecho bien el plan de negocio!

Lo cierto es que, tal como relata Jon Lee Anderson en su extraordinario libro ‘Che Guevara. Una vida revolucionaria’, el joven Ernesto inició una serie de negocios junto a su viejo amigo Carlitos Figueroa, estudiante de Derecho en Buenos Aires. Su primera empresa obedeció a una ocurrencia de Ernesto. Decidió que el insecticida de langostas Gamexane sería también efectivo para eliminar las cucarachas domésticas. Después de ensayarlo en el vecindario con buen resultado, decidió iniciar la producción industrial. Y así empezó a envasar el producto mezclado con talco en cajas de cartón. Lo hacían, como ocurre en los inicios de tantos y tantos emprendedores, en el garaje de su casa.

Como marca registrada se le ocurrió Al Capone, pero le dijeron que para esto necesitaba autorización de la familia Capone. Así que nada. Después se le ocurrió Atila, para dar la idea de que igual que al rey de los hunos el insecticida “arrasa con todo lo que se le cruza en el camino”. Tenía buen ojo para el marketing este hombre. Pero tampoco pudo ser porque ya existía un producto para esa marca. Finalmente adoptó la marca Vendaval, como el fuerte viento de sur, y la patentó, como todo buen burgués capitalista, para que nadie se la robará. ¡La propiedad privada es la propiedad privada! Su padre, Guevara Lynch (otro burgués ejemplar), estaba entusiasmado con los progresos de su hijo, así que quiso presentarle a algunos posibles inversores, pero a Ernesto no le pareció una buena idea: “¿Viejo, te crees que me voy a dejar tragar por alguno de tus amigos?”.

No quiso el apoyo de inversores externos, pero sí el de la familia. Todavía hoy ésta sigue siendo una de las principales fuentes de financiación y apoyo para los emprendedores. La familia soportó la producción de Vendaval mientras pudo, pero despedía un hedor horrible, pestilente y persistente. “Nos sabía a Gamexane todo lo que comíamos, pero Ernesto, imperturbable, seguía con su trabajo”, dijo su padre. Sin embargo, el fin no tardó en llegar: los ayudantes primero y el propio Ernesto después empezaron a sentirse mal, y tuvieron que cerrar el chiringuito.

La siguiente aventura del Che Guevara como empresario fue producto de la imaginación de su amigo Carlos Figueroa. Debían comprar un lote de zapatos en una subasta mayorista para luego venderlos puerta a puerta a un precio más alto. ¡Tan jovencitos y qué bien que entendían las claves de la especulación capitalista! Parecía una buena idea, pero después de obtener el lote en la subasta (que era a ciegas), descubrieron que habían comprado una gran cantidad de saldos, muchos de ellos sin pareja. Al ordenarlos lograron formar una cantidad suficiente de pares. Después de venderlos, salieron a ofrecer pares de zapatos que se parecían entre sí. Este negocio, como no podía ser de otra manera, tampoco duró mucho.

En fin, que tras estos dos fracasos al Che Guevara no le quedaron ganas de ser empresario y siguió primero con su carrera de Medicina y, más tarde, asociándose con Fidel Castro a quien ayudó a hacer la revolución en Cuba.

¿La moraleja de toda esta historia? Pues que la vida es muy larga y da muchas vueltas. En la mayoría de los casos, el destino laboral de cualquier persona depende única, sola y exclusivamente de nosotros mismos, y de ninguna otra circunstancia. De nuestro esfuerzo, de nuestro talento, de nuestra decisión de elegir una profesión u otra, de saber decantarnos entre una oferta de trabajo u otra, de tener el valor de dejarlo todo para montar ese negocio que tanto nos ilusiona o bien conformarnos con seguir, año tras año, como asalariado de una empresa u organismo. Que tampoco está mal y es perfectamente legítimo. Perfectamente digno.

Pero una cosa sí que nos atrevemos a recomendarte. Si tienes una ilusión (una idea de negocio, una actividad profesional…), tienes la obligación moral (hacia ti mismo) de intentar realizarla. Esta es la postura de LA CUCARACHA DEL CHE GUEVARA. El Che lo intentó. Se confirmó que no se le daba nada bien eso de poner en marcha ideas propias.  Le salió mal, bueno, pero lo intentó dos veces. Y no continuó porque, tras la experiencia, tal vez llegó a la conclusión de que no servía para esas actividades. Pero lo intentó y en ese sentido se quedó tranquilo. Quien no tenga el valor de intentar llevar a cabo sus ilusiones, siempre le va a quedar un regusto amargo, una extraña sensación de fracaso que no va a ser nada bueno para él o para ella. ¡Pues ya sabes lo que tienes que hacer!

Extracto del libro KAMASUTRA EN LA EMPRESA.

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